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¿Se debería limitar la práctica de deportes de contacto en menores?

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En la nueva película Concussion (que significa conmoción cerebral, aunque el título oficial en castellano es La verdad duele), Will Smith interpreta al neuropatólogo que realizó la autopsia del antiguo jugador de los Pittsburgh Steelers Mike Webster en 2002 y que cambió el terreno del juego.

Después de una carrera profesional durante la cual ganó cuatro anillos de Superbowl y su inclusión en el Salón de la Fama del Futbol Americano Profesional, Webster sufrió pérdidas de memoria, depresión y demencia, vivió épocas como indigente, y murió a la edad de 50 años. (La película se basa en un artículo de la revista GQ que describe los síntomas psiquiátricos de Webster, incluido “mear en el horno y echarse pegamento rápido en los dientes”). Cuando el neuropatólogo Bennet Omalu analizó el tejido cerebral de Webster, descubrió acumulaciones de proteínas tau, que generalmente están asociadas con la neurodegeneración. En 2005, publicó un  trabajo que sostenía que Webster había sufrido de lo que reconoció como encefalopatía traumática crónica (CTE, por sus siglas en inglés), causada por más de dos décadas de lesiones cerebrales sufridas en el campo de fútbol.

Mientras Omalu y otros estudiaban los cerebros de docenas de antiguos jugadores ya fallecidos, siguieron descubriendo señales de CTE. De forma no sorprendente, la Liga Nacional de Fútbol (NFL, por sus siglas en inglés) luchó por desacreditar el trabajo, quizás con la esperanza de evitar unos caros pagos de discapacidad a antiguos jugadores. “Declaras la guerra a una corporación que es dueña de un día de la semana”, le advierte un colega a Omalu en La verdad duele.

Pero, a pesar del obstruccionismo de la NFL, la conexión entre los traumatismos craneales repetitivos y las enfermedades neurodegenerativas sólo se ha reforzado con el tiempo. Mientras que muchos atletas que sufren conmociones cerebrales no llegan a desarrollar CTE, cada vez que se detecta este trastorno en una autopsia resulta que el paciente es alguien que “tenía un historial de golpes repetitivos en la cabeza”, afirma Robert Stern, el director del núcleo clínico del Centro para el Alzheimer de la Facultad de Medicina de la Universidad de Boston (EEUU).

Ahora el tema se extiende mucho más allá de la NFL para llegar a niños que juegan al fútbol americano, al fútbol europeo, al hockey y otros deportes, especialmente porque nuevas investigaciones están revelando la naturaleza omnipresente de las lesiones craneales en los jóvenes atletas. Los neurocientíficos concluyen que las contusiones pueden afectar la función cerebral de maneras sutiles, y que los niños pueden estar especialmente vulnerables. Es posible que unos cascos mejorados y otros equipos puedan jugar un papel a la hora de reducir el riesgo, pero es improbable que resuelvan el problema. Ha llegado la hora de cambiar las reglas del juego.

Consecuencias a largo plazo

En 2013, un informe del Instituto de Medicina de EEUU pidió una atención mayor a las contusiones por todo el espectro de edades, pero sobre todo en los niños pequeños. En respuesta, unos epidemiólogos del Centro Datalys para las Investigaciones y la Prevencción de Lesiones Deportivas radicado en Indiana (EEUU) analizaron los datos recopilados por entrenadores deportivos en 2012 y 2013.

Encontraron que aproximadamente uno de cada 20 jugadores universitarios de fútbol americano sufrió al menos una contusión durante el transcurso de una temporada. Entre los jugadores del instituto, esa cifra sube a uno entre 14. Y entre los jugadores aún más jóvenes, la cifra es de uno entre 30, aunque el principal investigador Tom Dompier me dijo que sospecha que la última cifra sea una infravaloración. Se produce una contusión cuando el cerebro choca con fuerza contra el cráneo, pero el 90% de las veces no causa una pérdida de consciencia ni otros efectos obvios. Así que especialmente entre los niños de cinco a siete años, es posible que “simplemente no sepan articular” sus síntomas, explica Dompier.

 

Vía | MIT Tech Review

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